lunes, 21 de enero de 2008

La trata de blancas en 1870



Los primeros tratantes de blancas en Buenos Aires


Por José Luis Scarsi


Se emocionaba y también sonreía cada vez que recordaba los convulsionados años en Iasi, la huida a Galitzia, las persecuciones en Constantinopla y luego en Alejandría. El descubrimiento de las pampas infinitas y sus costas bañadas por el inmenso río color de león eran para Carlos Rock el premio merecido a tantos años de privaciones, de temor constante a ser descubierto.

Aquí en Buenos Aires todo estaba por hacerse. Se criticaba al pensar lo bueno que hubiera sido llegar unos años antes pero con sus 40 actuales aún se sentía joven y sabía: que si trabajaba con el mismo esfuerzo que en Europa le alcanzaba para sobrevivir a la miseria, acá en poco tiempo, llegaría a ser considerablemente rico.

Si bien su presencia no era correspondida con los más sinceros y ampulosos saludos, le bastaba con tener el trato fluido que le ofrecían las autoridades locales. Él era un hombre de negocios y sabía que el diálogo era la llave que abría todas las puertas. Caftén, rufián o tratante de blancas, tal vez lo fuera para nosotros o lo hubiera sido en el futuro pero en aquellos años la prensa lo nombraba simplemente como caballero de industria.

Durante los primeros tiempos en la ciudad, compró el prostíbulo de la calle Corrientes 35 que ya venía funcionando desde hacía varios años. En esos días, a éstas casas se las conocía como lupanar y al igual que en el resto de los 150 que había en la ciudad, la mayor parte de sus ocupantes eran mujeres argentinas y en algunos casos se detectaba la presencia de algunos hombres de origen francés o alemán.1

Como dijimos, Carlos se instaló en la calle Corrientes cerca del muelle de pasajeros. Lo secundaba su mujer Ana, polaca de 30 años y 4 jóvenes cercanas a los 20 años que le reportaban jugosas ganancias. Una ciudad como la nuestra, en constante crecimiento y con la cada vez mayor inmigración de hombres solteros que pronto conseguían trabajo y dinero no podía pasar desapercibida por quienes desde años se dedicaban a este comercio en otras latitudes. Para principios de la década de 1870 arribaron Adolph Hönig, Adolph Weismann y Juan Hibler, estos, junto a los Rock habían estado en Alejandría que para aquellos años era otro importante puerto para la trata de blancas. No pasó mucho tiempo para que todos descubrieran las ventajas de un gran negocio que se les presentaba sin mayores problemas. La creciente economía en el Río de la Plata junto a la escasez de mujeres, comparadas con la pobreza y las cada vez más frecuentes persecuciones religiosas en Europa, eran la invitación perfecta para que hombres de pocos escrúpulos estuvieran dispuestos a cruzar el atlántico en busca de fortunas.2

Höning consigue una propiedad en Cerrito 123. Weismann, otra en Artes 41 y Hibler en Suipacha 179. Todos realizan viajes a sus aldeas de origen de donde regresan con mujeres que colocan a trabajar en sus casas o venden a otros proxenetas interesados en renovar el plantel. Lo usual era que las mujeres, una vez llegadas a la casa en la que se las alojaba, fueran informadas de una deuda que habían contraído por el viaje y de otra que comenzaba a crecer considerablemente por el alojamiento, la comida y la ropa que les proveían a precios que eran por demás exorbitantes. El desconocimiento del idioma y de las leyes del nuevo país en nada contribuía para ayudarlas.
Este accionar se repetía varias veces al año y tanto los negocios de los tratantes como el poder sobre los competidores se hacía cada vez más evidente.

La llegada de éstas jóvenes debe haber contrastado fuertemente con la presencia de las prostitutas argentinas. Paralelamente, las autoridades municipales comienzan a diseñar un sistema de normas que permitan regular la actividad y controlar el peligro de las enfermedades infecciosas. La ordenanza sobre la prostitución dictada en 1875 es ampliamente represiva para aquellas mujeres que trabajaban en casas de tolerancia. Se las podía perseguir con el auxilio de la fuerza publica en caso de que escaparan a su encierro y no gozaban de ningún tipo de derecho que las amparara. El artículo 9 permitía el comercio sexual a menores de edad con la dudosa salvedad que se probara que lo venían haciendo con anterioridad a la contratación. Se las sometía a controles médicos que en la práctica eran facialmente burlados pero si se les comprobaba haber enfermado de sífilis eran compulsivamente internadas en el hospital. Es por demás interesante hacer notar la mirada que las autoridades tenían de la mujer como foco de infección y propagadora de enfermedades en contraposición al hombre, que aún estando contagiado de la misma enfermedad no era sometido a controles médicos ni se declaraba en ninguna norma la obligatoriedad de su internación preventiva.

La ordenanza también hacía referencia a las condiciones sanitarias y edilicias de los locales y a su ubicación con respecto a escuelas o templos cercamos. La mayoría de las casas que hasta ese entonces venían funcionando en forma discrecional no cumplía con las nuevas exigencias y además la Municipalidad imponía altas patentes para quienes quisieran funcionar bajo el amparo de la legalidad.

No sería errado pensar que los tratantes de blancas aprovecharon las condiciones objetivas y la necesidad de encausar la actividad para promover un marco legal que claramente los beneficiaba por sobre los demás. Un dato objetivo es que de las 150 casas que existían a comienzos de la década y que seguramente habrían aumentado en número, en 1875 tan solo se registraron cumpliendo las normas y pagando las patentes 22 de ellas, muchas de las cuales pertenecían a nuestros conocidos recientes inmigrantes. El resto de las casas quedó en la clandestinidad y por lo tanto expuestas a clausuras y multas. Para el año siguiente, el número de casas autorizadas legalmente llegaba a 35 y 200 eran las mujeres que trabajaban en ellas. De aquí en más, la cantidad de casas clandestinas siempre fue varias veces superior a las autorizadas y por lo tanto el sistema que se había pretendido como forma de control sanitario solo se mantuvo por su importante capacidad como generador de renta.3

Adolph Weismann había sufrido algunas detenciones en Europa y era bien conocido por la policía de varios países, decidió quedarse con su negocio de Artes 41* que era una mezcla de bar y casa de juegos en donde también se practicaba la prostitución.

Juan Hibler se mudó a una casa más amplia en la calle Temple 368.

Adolph Hönig mudó su negocio de la calle Cerrito 123 a Temple 354 y 356 donde uno de sus hermanos de nombre Simón se encargaba de la administración y Ernestina Rabanowic oficiaba como regenta. No pasó mucho tiempo hasta que las rápidas ganancias le permitieron abrir otra casa de tolerancia en la calle Corrientes 506 al mando de Matilde Salowitz. Según denuncias de la prensa, Jacobo Hönig, el tercero de los hermanos, operaba en Viena desde donde manejaba el tráfico de mujeres.

Carlos Rock y un socio de nombre Augusto Janet abrieron nuevo local en Corrientes 509. Según los registros médicos de febrero de 1876 había en la casa 6 mujeres de entre 21 y 22 años todas de nacionalidad alemana. A lo largo de 12 años de visitas medicas fueron registradas 120 mujeres. Es curioso que solo una de ellas fuera argentina, en la mayor parte las jóvenes no superaban los 24 años y eran alemanas, en menor medida las había polacas y austriacas. 18 mujeres fueron inscriptas como enfermas en el libro respectivo, 7 de éstas mujeres resultaron estar afectadas de sífilis en la primera inspección médica por lo que se desprende que traían la enfermedad desde su país de origen demostrando que no en todos los casos éstas eran mujeres forzadas a ejercer la prostitución o engañadas con falsas promesas. Como conjetura y para estos primeros años, no se hace difícil suponer que es posible que fuera más práctico traer mujeres experimentadas, que eran fácilmente seducidas con la promesa de mejores ganancias que imaginar las complicaciones derivadas del rapto, la compra o el engaño de inocentes campesinas.4

Los negocios siguieron funcionando durante años sin ningún tipo de problemas por parte de la autoridad, respetando la letra más gruesa de la ordenanza los propietarios de casas de tolerancia jamás sufrieron una clausura y se las arreglaban para maximizar sus utilidades caminando al filo de la letra chica.

Si bien no hay indicios que permitan asegurar que trabajaban bajo el amparo de una organización que los reglamentara, es claro que se movían con los mismos intereses, que interactuaban cerrando negocios y que el conocimiento mutuo los volvía colegas mas que competidores. Años más tarde, otros inmigrantes con el mismo origen se organizarían en sociedades mutuales con nombres como Varsovia o Zwi Migdal. Separados del resto por la propia comunidad judía e impedidos de acceder a cualquier templo o entidad cultural de ésta, los nuevos tratantes del siglo XX se las arreglarían para hacer algo que ningún otro grupo de marginales de la ley había hecho jamás en el mundo: conformar una sociedad con el único fin de comprar las tierras para poseer un cementerio propio y recrear, de alguna manera, los ritos religiosos que les eran negados en el seno de su comunidad.

Aún faltaban varios años para que se empezara a escribir esta historia pero la hoja de papel esperaba en blanco y la idea comenzaba a surgir.



*La calle Artes es la actual Carlos Pellegrini y Temple se llama Viamonte hoy en día.

La fotografía que ilustra la nota pertenece al periódico: El Puentes de los Suspiros, mayo de 1878. Izquierda arriba, Carlos Rock y al centro Adolph Hönig.

Notas

1 Relación de las casas de tolerancia elevada al comisario, seccional 1º, A.G.N sala X, legajo 3-5-7
2 La Pampa 31/3/1876 Sección Solicitadas
3 Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires, Memoria año 1877
4 Partes realizados por el médico municipal. Revista Historias de la ciudad, año V, número 23, pág. 54